EL PERDÓN EN DOS DIMENSIONES
Colossenses 2:13-14
La maestra de escuela dominical había llegado al final de su lección sobre el
perdón, y quería asegurarse de que todos la hubieran entendido. Se dirigió a la
clase, "¿Me puede decir alguien qué tenemos que hacer antes de poder recibir el
perdón por el pecado?" Nadie respondió. Nuevamente hizo la pregunta: "¿Qué
tenemos que hacer primero si queremos ser perdonados por el pecado?" Un niño
pequeño alzó la mano. "Tenemos que pecar, maestra", respondió.
Creo que no fue la respuesta que la maestra esperaba, aunque desde luego es
necesario que pequemos antes de recibir el perdón. Pero ninguno de nosotros
tendrá problemas en cumplir con este requisito, pues todos han pecado y están
privados de la gloria de Dios (Romanos 3:23).
Ya que todos hemos pecado, entonces, ¿cómo podemos encontrar el perdón?
Cualquier persona que tiene más de 1 ó 2 semanas en la iglesia podrá responder
que es mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo Jesús como Señor y
Salvador.
Eso es lo más básico y lo más importante, pero hay varias otras cosas que
debemos de entender acerca del perdón. El perdón tiene dos aspectos, y cada
aspecto tiene su dinámica. Podemos tomar un ejemplo de la geometría para
entender esto. Una raya tiene sólo una dimensión. Tiene longitud, y nada más. Un
rectángulo, o cualquier otra figura, en cambio, tiene dos dimensiones. Tiene
longitud y tiene anchura.
De igual modo, el perdón tiene dos aspectos; tiene un aspecto vertical y un
aspecto horizontal. Para que podamos vivir en la plenitud del gozo de la
salvación, tenemos que entender estos dos aspectos y saber cómo se relacionan
con nuestras vidas.
Vamos a empezar con el aspecto vertical.
Lectura: Colosenses 2:13-14
Estos versículos nos explican cómo es que Dios nos puede perdonar. Éste es el
aspecto vertical del perdón - el perdón de Dios. Y la verdad es que
I. El perdón que anhelamos sólo puede venir de Dios
Esta es una verdad sumamente importante, tanto para nuestro destino eterno
como para nuestro bienestar emocional. El conocido psiquiatra Karl Menninger
dijo en cierta ocasión que, si tan sólo pudieran convencerse de que sus pecados
estaban perdonados, el 75% de los pacientes en los hospitales psiquiátricos
podrían salir del hospital.
La verdad es que hacemos muchas cosas, consciente o inconscientemente, para
tratar de librar nuestro corazón de sus sentimientos de culpa. El corazón humano
es engañoso, y muchas veces tratamos de engañarnos para creer que no hemos
pecado señalando los pecados de otros. Para no tener que buscar el perdón por
nuestros pecados, nos fijamos en las fallas de algún líder religioso caído, de
algún otro hermano, o de las clases criminales de la sociedad. Pero la verdad es
que ellos no tienen nada que ver con nuestra culpabilidad. Sintámoslo o no, y la
mayoría lo sentimos, somos culpables y nos hace falta el perdón.
Pero, ¿precisamente ante quién somos culpables? Muchas veces tenemos un concepto
del pecado que tiene más que ver con las opiniones de las personas que con la
verdadera culpabilidad.
Lo que quiero decir es que nos parecen peores los pecados que todos ven, y nos
sentimos culpables simplemente porque la gente piensa o pensará mal de nosotros.
Lo que nos importa más que nada es la opinión de la gente.
No me refiero a la hipocresía, que trata de ocultar el pecado conscientemente;
me refiero más bien a una idea subconsciente.
Déjame hacerte esta pregunta: Si pudieras cometer un pecado del cual estarías
seguro que nadie se enteraría, ¿lo cometerías? Y habiéndolo cometido, ¿te
sentirías culpable?
Si tenemos una conciencia controlada por el Espíritu Santo, la respuesta será
que no lo haríamos, y si lo hiciéramos, nos sentiríamos culpables. Pero muchas
personas no han permitido que el Espíritu transforme sus mentes, y basan su idea
de lo bueno y lo malo simplemente en lo que dice la sociedad.
El resultado es una sensación indefinida de culpa, sin una clara idea de cómo
encontrar perdón para esa culpa. La respuesta está en reconocer que, ante todo,
nosotros hemos pecado contra Dios.
Es por esto que el rey David, en su clásico salmo penitencial, dice al Señor:
Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos;
por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable. (Salmo 51:4)
¿En qué sentido había David pecado contra Dios, y sólo contra Dios? Si
recordamos la ocasión del salmo - el adulterio con Betsabé y subsiguiente
homicidio de su esposo Urías - podríamos concluir que David definitivamente
había pecado contra Urías también. Pero David reconoció que, ante todo, su
pecado era una ofensa contra el Señor. Totalmente aparte de las personas que se
verían afectadas por su pecado, él había ofendido al Señor por su desobediencia.
Por esta razón, era necesario ante todo conseguir el perdón del Señor.
Todos nosotros estamos en la misma situación. Hemos pecado contra Dios. Si
creemos que nuestros pecados no han lastimado a otras personas, esto no importa.
Hemos ofendido a Dios con nuestra desobediencia a sus leyes. Cada acto de
rebelión crea una deuda que le debemos a Dios. La buena noticia de nuestro
pasaje es que esa deuda ha sido saldada. Cristo Jesús pagó esa misma deuda. Fue
cancelada por su muerte en la cruz. Al entregar su vida por nosotros, él pagó lo
que nosotros debíamos.
Nuestra deuda con Dios, entonces, ya fue pagada. Lo que tenemos que hacer es
sencillamente aceptar por fe su perdón.
Reconociendo que somos pecadores, creemos que Jesucristo efectivamente canceló
nuestra deuda, y le entregamos el control de nuestra vida. Al hacer esto, Dios
nos perdona por completo todos los pecados. Si nunca has tomado el paso de
aceptar por fe el perdón de Jesucristo por tus pecados, al final de este sermón
te invitaré a hacerlo. Pero si ya lo has hecho, tienes que entender el segundo
aspecto del perdón:
II. El perdón que recibimos se tiene que extender a otros
Para enseñarnos esta lección, el Señor Jesús contó una historia. Leámosla en
Mateo 18:23 -35.
En esta historia, llegamos a conocer a una persona que pretendía conocer el
perdón vertical sin expresar el perdón horizontal. De alguna manera, había
llegado a deber una suma de dinero que alcanzaba quizás a unos mil millones de
dólares - una suma tan astronómica que jamás la alcanzaría a pagar. ¿Cómo llegó
a deber tanto dinero? Quizás lo malversó; Jesús no nos dice. Lo importante es
que se trata de una deuda imposible de pagar. El superior, el rey, mostró bondad
al siervo cuando éste se lo pide.
Sin embargo, el mismo siervo no supo mostrar compasión a su compañero que le
debía una suma comparativamente pequeña. La suma era de algunos cientos de
dólares; no tan insignificante, pero totalmente sin sentido frente a la gran
suma que se le acababa de perdonar. Al enterarse el rey de lo sucedido, ordenó
que el siervo fuera colocado en la cárcel y entregado a los torturadores hasta
terminar de pagarlo todo - cosa imposible para él.
Jesús nos dice que Dios nos tratará de igual manera a nosotros, si pensamos
recibir su perdón pero no podemos mostrar ese mismo perdón a otros. En otras
palabras, el perdón hacia otros no es una opción para el creyente. Dios no nos
dice que debemos de perdonar; él nos dice que tenemos que perdonar. Si no
perdonamos, nos volvemos incapaces de recibir su perdón.
Pero tú dirás: Yo pensaba que la salvación era simplemente por fe en Jesús.
Ahora me estás poniendo más requisitos. ¿Qué sucede? No debemos de pensar que el
perdón hacia los demás es un requisito adicional a la fe en Cristo Jesús. Es,
más bien, una parte esencial de la fe. Si nosotros decimos que creemos en
Jesucristo y hemos recibido su perdón, pero insistimos en guardar rencor y no
sabemos perdonar, entonces nuestra fe en Jesús es deficiente, y estamos en
peligro de no haber alcanzado en realidad la salvación.
Nuestra habilidad para perdonar a los demás nos sirve como un termómetro para
medir el estado verdadero de nuestra fe. Si queremos ver que otros paguen por
los daños que ellos nos han hecho - o que creemos que nos han hecho - en vez de
estar dispuestos a perdonar, mostramos que no hemos llegado a entender el perdón
de Dios.
¿Qué debes de hacer si no puedes perdonar? En primer lugar, medita sobre el
perdón que Dios te ha extendido. Tenemos que llegar a ver la profundidad de
nuestro pecado para que podamos recibir también la profundidad del perdón de
Dios.
En segundo lugar, reconoce que el perdón puede ser un proceso.
A veces se parece a una gallina descabezada; aunque muerta, parece tener mucha
vida aún. De igual modo, hay ocasiones en que perdonamos a alguien, pero
seguimos con sentimientos de ira hacia esa persona. Tenemos que recordar, cuando
se presentan esos sentimientos, que ya hemos perdonado, que ya hemos dejado
atrás esa ira, y que lo que sentimos son simplemente los movimientos del pollo
descabezado. Con el tiempo, la ira se irá.
Cuando moría el patriota español Narváez, el sacerdote le preguntó si había
hecho las paces con todos sus enemigos.
Sorprendido, Narváez replicó: "Yo no tengo enemigos. A todos los he matado."
Ésta no es la clase de reconciliación que Dios desea. Más bien, él llama al
creyente a vivir de tal modo que no tenga enemigos, porque a todos ha perdonado.
¿Guardas en tu corazón rencor hacia alguien? ¿Sientes aún enojo por algún error
pasado? Deja que el perdón de Dios se arraigue en tu corazón y te lleve también
a perdonar.
Y si nunca has recibido el perdón de Dios, hoy lo puedes recibir. Debes hacer
dos cosas: reconocer que eres pecador y recibir por fe a Cristo como tu Salvador
y tu Señor. Puedes decir una oración como ésta: Señor Jesús, reconozco que soy
pecador. Te he desobedecido. Creo que tú moriste en la cruz por mí, pagando la
deuda de mis pecados. Acepto tu perdón, y te entrego mi vida para que tú seas mi
Señor. Gracias por salvarme. Amén.
Si hiciste esa oración de corazón, Jesucristo te ha perdonado.
Deja ahora que él te enseñe cómo vivir en ese perdón.
Pr Carlos Castillo