EL SANTO QUE NO SUPO SER PADRE
2 Samuel 11:1-5
Entre las páginas de la Biblia encontramos muchas historias del trato de Dios
con los hombres, y las variadas respuestas que se dan a este trato. Entre las
historias más conocidas es la historia del rey David.
Este hombre fue rey de la nación escogida durante su apogeo, unos mil años antes
del nacimiento de Cristo. David fue un hombre amado por Dios. Dios mismo lo
escogió como rey, cuando Saúl se mostró incapaz de gobernar bien. David escribió
gran número de los Salmos, y tenía un corazón que le agradaba al Señor.
Muchos conocen la historia de la forma en que David se enfrentó al gigante
Goliat, armado con sólo una honda, cinco piedras y su fe en Dios. Dios le dio la
victoria sobre el temible gigante, y toda la nación de Israel fue liberada.
Sin embargo, hay otros aspectos de la vida de David que pueden no ser tan
conocidas. Sobre todo, la historia de David como padre es algo ignorada, por lo
general. Sin embargo, nos tiene mucho que enseñar, pues David es el santo que no
supo ser padre.
Hay muchas lecciones que se pueden aprender de la vida de David. En esta mañana,
sólo tenemos tiempo para mirar un evento muy trágico que sucedió dentro de su
familia, para sacar de allí lecciones para nuestra propia vida familiar.
Lectura: 2 Samuel 11:1-5
Esta sórdida historia parece no pertenecer a la historia del pueblo de Dios.
Vemos a un rey algo perezoso, que en vez de salir a la guerra con sus ejércitos
como era la costumbre, se quedó en el palacio descansando. En cierta tarde, se
levantó de su siesta y, aburrido, empezó a pasearse por la azotea del palacio
para ver qué veía. De su posición elevada podía ver a una mujer vecina que se
estaba bañando en ese momento.
Capturado por la lujuria y cautivado por la belleza de la mujer, David la mandó
a traer al palacio, y en pocas palabras, se acostó con ella. Habría sido fatal
para Betsabé rehusarse a tener relaciones con el rey. La responsabilidad
completa por este acto de adulterio cayó sobre los hombros de David.
Dicho sea de paso que la tentación al pecado suele venir con más fuerza cuando
tratamos de soslayar alguna responsabilidad, o cuando estamos ociosos. Los
puritanos solían decir: La mano ociosa es taller del diablo. Por su pereza David
cayó en la tentación sexual. Pero en lugar de reconocer su error y arrepentirse,
él rebuscó la forma de ocultar lo que había sucedido. Cuando fue informado de
que la mujer había quedado encinta, primeramente mandó a traer a su esposo - que
era soldado - y, bajo pretexto de darle algún descanso de su arduo trabajo en el
campo de batalla, le dio permiso para que se quedara en su casa una noche.
Este sujeto, sin embargo, fue muy distinto a nuestro rey ocioso. En lugar de
aprovechar la oportunidad de tener un momento de descanso y placer en su hogar
con su bella esposa, Urías - esposo de Betsabé - se rehusó a irse a la casa y se
quedó durmiendo en la entrada del palacio, con los guardias reales. Él no estaba
dispuesto a descansar en tranquilidad y en lujo mientras sus compañeros de
batalla estaban acampados en tiendas de campaña. ¡Qué distinto al rey David,
quien se había quedado descansando mientras los soldados arriesgaban la vida en
el campo de batalla!
David llegó hasta a invitar a Urías a un banquete en el palacio y lo emborrachó,
pensando que así iría a su casa. Esto tampoco funcionó. La dedicación y la
conciencia de Urías le causaron un problema a David, pues no podría disimular el
embarazo de Betsabé de este modo. Al regresar Urías a su batallón, David envió
con él un mensaje al capitán del ejército con instrucciones de que Urías fuese
colocado al frente, donde sería el blanco de las flechas del enemigo. Éste plan
sí tuvo resultado, y Urías murió valientemente en el campo de batalla. David, en
cambio, se convirtió, no sólo en adúltero, sino en asesino.
Lo que David había hecho no le pareció bien al Señor. El rey, quien debía servir
de ejemplo al pueblo, había violado la ley divina de una forma descarada. El
profeta Natán vino con un mensaje del Señor para David. El mensaje se encuentra
en el capítulo doce. Desgraciadamente no tenemos tiempo para leerlo ahora, pero
les recomiendo que lo lean en casa. El resultado, de todos modos, fue que David
reconoció su pecado y se arrepintió de él. Declaró su culpa y se humilló ante el
Señor.
El Salmo 51 es su declaración de arrepentimiento ante su falla.
Sin embargo, las consecuencias del pecado de David no se acabaron con su
declaración de arrepentimiento. Para darnos cuenta de esto, podemos observar los
eventos del capítulo siguiente.
Leamos 2 Samuel 13:1-2:
¿Qué sucede aquí? El hijo mayor de David, llamado Amnón, vio a su media hermana,
Tamar, y la deseó. ¿Se acuerdan de alguna situación similar? David también había
visto a una mujer, y la había deseado. Amnón, entonces, con la ayuda de un
consejero, tramó un plan para lograr lo que quería. Fingiendo una enfermedad,
pidió a su padre que enviara a su hermana Tamar para que le cocinara algo.
Dios nos llama la atención a la comparación entre lo sucedido con David y lo que
hizo Amnón con algunos detalles. Nos damos cuenta, por ejemplo, de que Amnón se
acostó sobre una cama para llevar a cabo su plan. David, cuando vio a Betsabé,
se acababa de levantar de la cama.
Cuando llegó Tamar a ver a Amnón, él quiso mirarla mientras preparaba la comida.
De igual modo, David había observado a Betsabé. Después de que Tamar terminó de
preparar la comida, Amnón mandó a sus sirvientes que los dejaran solos. De igual
modo, David había mandado a sus sirvientes a que trajeran a Betsabé. Quedándose
solo con Tamar, la historia nos cuenta lo que hizo Amnón. Leamos los versículos
diez al dieciocho (primera parte). A pesar de sus súplicas, él se valió de su
fuerza y la violó.
Luego del evento, sintió asco por ella, y con la misma violencia que la había
violado la echó de su apartamento. Ella huyó a casa de su otro hermano, Absalón,
y se quedó con él.
Veamos la reacción de David en el verso veintiuno: "13:21 Y luego que el rey
David oyó todo esto, se enojó mucho".
¡Qué interesante! David se enfureció al saber lo que había sucedido, pero -
según lo que la Biblia registra - no hizo nada. Por lo menos, al principio del
verso veintitrés, se nos dice que han pasado dos años - y no se ve ninguna
respuesta del rey.
El que sí reaccionó fue Absalón. Enfurecido por lo que le había pasado a su
hermana, decidió vengarse de Amnón.
Astutamente esperó la oportunidad precisa. Cuando le pareció propicio el
momento, hizo una fiesta en una parte campestre a unos 30 Km. de la capital e
invitó a toda la familia real. Su padre le expresó que sería demasiada carga
para Absalón hospedar a toda la familia real. Quizás fue la respuesta que
Absalón esperaba. En todo caso, insistió en que por lo menos lo acompañara Amnón.
Su padre no quiso, pero tanto insistió Absalón que David permitió que Amnón,
junto con sus demás hijos, acompañaran a Absalón. Quizás pensó que ya su ira
contra Amnón se había calmado.
Así no fue. Leamos los versos veintiocho y veintinueve para ver qué pasó:
13:28 Y Absalón había dado orden a sus criados, diciendo: Os ruego que miréis
cuando el corazón de Amnón esté alegre por el vino; y al decir yo: Herid a Amnón,
entonces matadle, y no temáis, pues yo os lo he mandado.
Esforzaos, pues, y sed valientes. 13:29 Y los criados de Absalón hicieron con
Amnón como Absalón les había mandado. Entonces se levantaron todos los hijos del
rey, y montaron cada uno en su mula, y huyeron.
Absalón emborrachó a Amnón, así como David había emborrachado a Urías. En el
momento indicado, dio la señal y murió su hermano.
Cuando recibió David la noticia, empezó a llorar desconsoladamente. Absalón huyó
de la escena, y se fue a vivir en otra parte. Nuevamente, no se registra que
David haya hecho nada para vengar la muerte de su hijo, o para castigar al
asesino. Se quedó llorando e inactivo.
Aquí está la gran tragedia de la familia de David. Cualquier padre puede tener
hijos rebeldes, pero David mismo sembró la semilla de la horrible caída de sus
hijos Amnón y Absalón. Su pecado sexual y el homicidio que cometió para
ocultarlo fueron la inspiración para sus hijos. A ti que eres padre, déjame
decirte:
I. Tus pecados les servirán de inspiración a tus hijos
El dicho dice, Haz tú lo que bien digo, no lo que mal hago.
Desgraciadamente, este consejo no funciona con los hijos. No importa qué tan
bien les enseñes el camino del bien y del mal, ellos seguirán tu ejemplo más que
tus palabras.
Si no te motivas a cambiar tu forma de vivir por tu propio bien, hazlo por el
bien de tus hijos. Ellos están observando tu forma de vivir. Aunque quieran
vivir de una forma distinta, les será muy difícil si no han visto un buen
ejemplo.
Muchos de los pecados que corren de generación en generación, como el machismo,
la borrachera y la violencia doméstica, son muy persistentes. El joven puede
decidir que no desea seguir el ejemplo de su papá, pero cuando llegan las
presiones, cae en la misma trampa.
La buena noticia es que, aunque es sumamente difícil para un individuo dejar
atrás el legado negativo que ha recibido de su padre, para Dios no es difícil.
Si tú quieres darles un legado distinto a tus hijos, entregándoles un ejemplo
positivo, Dios lo puede hacer en ti. Y si no sientes la necesidad de hacerlo,
fíjate en esto: no sólo les servirán de inspiración, sino que
II. Tus pecados te estorbarán al disciplinar a tus hijos
¿Recuerdas la reacción de David ante la violación de Tamar, y el asesinato
de Amnón? Sólo tristeza. Él no tomó ninguna acción, quizás porque pensaba que
sería una hipocresía para él. En todo caso, si lo hubiera tratado de hacer, es
muy probable que sus hijos no lo hubieran respetado.
Tú, padre, ¿cómo podrás dar dirección a tus hijos, si tu propia vida carece de
ella? ¿Cómo podrás confrontar sus malas elecciones si tú mismo les has dado el
ejemplo? ¿Cómo podrás decirle a tu hija que no sea callejera si tú mismo eres
mujeriego? ¿Cómo podrás decirle a tu hijo que no use drogas si tú mismo eres
borracho?
Y si no eres ni mujeriego ni borracho, puede ser que tengas otras mañas que
serán destructivas para la vida de tus hijos.
Quizás eres enojón, u holgazán, o irrespetuoso de Dios. No importa cuál sea tu
pecado, tu responsabilidad de padre significa que sus efectos se magnificarán en
tus hijos.
La vida de David, aunque contiene mucho de bueno, también nos demuestra el
camino al fracaso como padre. Felizmente, fue un descendiente del mismo David
que vino para mostrarnos el camino hacia la vida.
Jesucristo dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Quizás tú no tuviste el
buen ejemplo de un padre - tu padre se parecía demasiado a David. Tú no tienes
que seguir su ejemplo.
No tienes que vivir condenado a pasar ese mal ejemplo a tus hijos.
Puedes experimentar una transformación, si permites que Jesucristo tome el
control de tu vida. Si nunca lo has hecho, invítale a entrar en tu vida y tomar
las riendas. Dile que estás arrepentido por tus pecados, y que quieres que él te
cambie. Él lo hará.
Carlos Castillo